«Los médicos no tienen la noción del poder poseído por esta medicina para promover y curar casi la tercera parte de los insanos en los asilos de lunáticos…»

Hahnemann, Samuel. Materia Médica Pura

La luz de una vela que no ardía iluminaba el cuarto que había visto tanta magia y que los siglos guardarán en el silencio inviolable del tiempo, silencio como el del mago que en su concentración no reparaba en las sombras del alambique y la mano del mortero, que hacían escabroso baile a la luz amarillenta de su estudio. El mago, angustiado, se afanaba sobre la página de su diario y escribía febril, furioso, casi frenético; y no era inspiración lo que lo tenía liado cual médium que vierte sublime dictado, sino que la tinta que dejaba en la hoja lo tenía como embrujado, pues cuando reparó en que lo que escribía se leía al revés e intentó escribir otras palabras y tomó otra pluma y aún escribió de derecha a izquierda y con el libro de cabeza, no pudo hacer más que seguir narrando bajo el hechizo de la tinta, que tal vez guardaba alguna magia o engañaba a su vista o revertía los movimientos de su brazo mágico. ¿Se habrían irritado sus nervios por el poder del extracto de estramonio?, ¿estarían cobrando inesperada cuota los años de conjurar hechizos con el brazo derecho?; pero su magia había sido justa, nunca indigna; tal vez estaba debutando en su mente una de esas enfermedades que enloquecen más a los doctores que a los pacientes. Pensó en ir a buscar quién le aplicara algunas sanguijuelas en los lugares precisos; pero él nunca había simpatizado con la criminal terapéutica y recientemente le habían dado noticia de las curaciones logradas por la homeopatía del gran Hahnemann, hombre noble y sabio y poseedor de una determinación férrea, a quien él había llegado a considerar como un espíritu revolucionario. Por ello, fue a consultar al médico homeópata que recién habíase instalado en la ciudad y recibió de sus manos el frasquito con los esperados glóbulos de azúcar de leche impregnados con una gota de eléboro blanco. ¡Tanta gente recibía su frasquito ámbar y miraba con duda los blancos glóbulos medicinales, más cuando habían visto al médico dejar caer una gota de unos medicamentos cristalinos como el agua pura! Pero el mago sentía tal fuerza latiendo entre sus manos sensitivas, tal poder contenido apenas por la pared circular del frasco, que le parecía deshacérsele entre las manos y estallar y la sensación lo forzaba a mirar su mano y comprobar si el vidrio no se había consumido y dejado escapar los glóbulos en forma de éter impalpable.

Llegó a su casa y, como le fuera indicado, tomó un glóbulo y lo puso encima de su lengua. Se inquietó al principio, pues él esperaba sentir algo, alguna señal que anunciara la reacción del organismo y nada. Se sentó frente a la mesa en la que escribía hacía tres o cuatro horas y las palabras aún tenían la cualidad que le daría un espejo a la escritura normal. Tomó la pluma e intentó escribir al revés, imitando al trastorno; pero miró la hoja y era como si la tinta, caprichosa, se hubiera rehusado a mezclarse con el papel, pues no había nada escrito; volvió a entintar la pluma y escribió sus iniciales en el dorso de su mano, pero sintió náuseas cuando leyó los caracteres de un lenguaje que jamás había visto; se encendió su mirada con el brillo de una idea naciente y llevó su libro al espejo. Vaciló antes de ver el reflejo; miró, sintió alivio al ver que él era él y su mano derecha era la izquierda de su imagen, pero el miedo volvió a apretarse en su dentro cuando comprobó que el reflejo de su diario era aún más extraño: él le mostraba al espejo las páginas y el espejo le regresaba las pastas verdes. La constitución del mago le permitía bien tolerar los sustos y del tiempo los insultos, pero ya se había colmado su templanza y arrancó la hoja terrible y la puso delante de la llama que no podía ser prendida, volteó la hoja de modo que la llama viera el anverso, leyó a través del papel y dejó sonar una buena carcajada porque vio las letras al derecho. Volteó la hoja de nuevo y las palabras ya no empezaban con la última letra; su alma dejó salir un suspiro. Todo hubiera cursado alegremente si no hubiera llevado la hoja de vuelta al espejo, porque el reflejo ya era normal, pero él no reconoció al mago que le mostraba una hoja con las palabras al revés.

Tomado de: https://aminoapps.com/c/dragones-y-monstruos/page/blog/la-alquimia/7ea5_WloFPu8vXGa7jz71QM521ENg6XklqV

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