En las últimas cinco décadas, el aumento de la obesidad y el sobrepeso a nivel mundial ha alcanzado niveles alarmantes, convirtiéndose en un desafío significativo para los sistemas de salud pública. México no es una excepción a esta tendencia: según las estadísticas, más del 39.1% de los adultos mexicanos tienen sobrepeso, y un 38.3% padece obesidad. Lo más preocupante es que esta situación también afecta a los más jóvenes: el 22.2% de los niños de 0 a 4 años está en riesgo de sobrepeso, mientras que el 35.6% de los niños de 5 a 11 años ya sufre de esta condición.

El desarrollo de la obesidad es un proceso complejo que resulta de múltiples factores. Uno de los principales es el desequilibrio energético prolongado, donde la cantidad de calorías consumidas supera consistentemente las calorías gastadas. Este desequilibrio puede ser consecuencia de hábitos alimentarios poco saludables, una dieta de baja calidad y la falta de actividad física, todos ellos influenciados por factores sociales, psicológicos, conductuales, económicos y ambientales.

Además, la genética y la epigenética también juegan un papel importante en la propensión a la obesidad. Las interacciones entre el sistema nervioso central y el tracto gastrointestinal, junto con las alteraciones en el microbioma intestinal, también modulan el control del apetito y, por lo tanto, contribuyen a la propensión a ganar peso.

Sólo una pequeña fracción de la población tiene una predisposición genética a la obesidad debido a mutaciones raras en ciertos genes o anomalías cromosómicas, lo que puede llevar a un aumento de peso extremo desde edades tempranas. Sin embargo, para la mayoría de las personas con obesidad, el problema es más complejo y está relacionado con una combinación de factores poligenéticos y ambientales.

Además, existen ciertos cambios en el ADN, conocidos como modificaciones epigenéticas, que pueden influir en la obesidad. Estos cambios afectan cómo funcionan algunos tejidos del cuerpo, como la grasa y los músculos. Factores como la edad, la alimentación y el ejercicio también pueden influir en estos cambios y, por lo tanto, en la tendencia de una persona a desarrollar obesidad.

La obesidad no solo afecta el peso corporal, sino que también puede provocar una serie de problemas de salud graves. Algunos de estos incluyen diabetes tipo 2, colesterol alto e hipertensión, que juntos forman lo que se conoce como síndrome metabólico. Este síndrome aumenta el riesgo de sufrir enfermedades del corazón y accidentes cerebrovasculares. Además, la obesidad puede llevar a complicaciones adicionales, como insuficiencia renal, problemas hepáticos, trastornos respiratorios como apnea del sueño, diversos tipos de cáncer, problemas en las articulaciones como la osteoartrosis, y también problemas de salud mental, como depresión o ansiedad.

Figura 1. Enfermedades asociadas a la obesidad

La obesidad no sólo reduce la esperanza de vida, sino que también afecta significativamente la calidad de vida de quienes la padecen. Por lo tanto, es esencial enfocar los esfuerzos en la prevención desde la infancia y garantizar un tratamiento adecuado para aquellos que ya han sido diagnosticados. Aunque se está desarrollando nuevas terapias para el control del peso, no todos los pacientes responden favorablemente, y algunos experimentan efectos secundarios graves que limitan su uso.

La lucha contra la obesidad requiere un enfoque multifacético, que incluya cambios en el estilo de vida, intervenciones médicas y políticas públicas que promuevan un entorno saludable. Sólo a través de un enfoque integral se podrá abordar eficazmente este desafío global.

Si quieres saber más consulta los siguientes enlaces:

https://doi.org/10.3390/ijms25158202

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